Sunday, January 8, 2017

De Cines, Letras y Huellas, Iara Bianchi

 SEGUNDA ESTACIÓN: Un tren que no va a ninguna parte

LA GRANDE BELLEZZA*,  Paolo Sorrentino


A esta pregunta, cuando éramos jóvenes, mis amigos siempre daban la misma respuesta: “Coños”. Mientras que yo contestaba “El olor de las casas de los ancianos”. La pregunta era “¿Qué es lo que de verdad te gusta más en la vida?”  Yo estaba destinado a la sensibilidad. Estaba destinado a convertirme en escritor. Estaba destinado a ser Jep Gambardella.’’


Jep, a sus veinte y tantos años, escribió una obra maestra literaria o un best seller. Desde entonces vivió de regalías, de aquél reconocimiento, en un vagón de elite intelectual y artística, colmado de gente y fiestas, con un propósito: encontrar ‘’la grande bellezza’’. 

Cuarenta años le tomó acercarse a una de las ventanillas y no tardó mucho en darse cuenta que pasaba por la misma estación una y otra vez. Era un tren que no iba a ninguna parte.
Se tranquiliza: ‘’Estamos todos al borde de la desesperación, todo lo que podemos hacer es mirarnos a la cara, estar en compañía, bromear un poco… ¿No estás de acuerdo?’’

Continuaba asistiendo a los espectáculos de siempre, con la salvedad de que ahora había corrido la cortina, y las cosas, las calles de Roma, los tiempos eran marionetas con hilos. El más allá de la vida jamás ha sido su asunto; en el más acá, había adquirido la maldita habilidad de descubrir los trucos.

Se evanesció la magia. Lo especial y lo excéntrico, manifestaciones singulares de arte, mutan de manera camaleónica a una niña que no le permiten jugar y la martirizan para destacarse en el zoológico de novedades sublimes.

Estaba al tanto de lo que pensaba Schiller, y compartía que el encanto de la belleza estriba en su misterio, y si se deshace la trama sutil que enlaza sus elementos, se evapora toda la esencia. Sin embargo, permanecía en la yuxtaposición de soledades, porque presagiaba - junto con Lin Yutang – que la mitad de la belleza depende del paisaje, pero la otra mitad del hombre que lo mira.

No, no era una desilusión del universo fantaseado sino una radical extrañeza del mundo real, en el que no encuentra un lugar para habitar, a excepción de desaparecer.

Jep no es nostálgico, o la nostalgia no es para Jep. Ella ‘’es la única distracción para quien no cree en el futuro.’’ Desaparecer sería El Gran Truco, en cambio, en su destino está La Gran Belleza. 

La perfección existe, la llamamos locura. Lo bello es lo imperfecto, no lo estético. Si lo estético no se baña del sudor del misterio, es un hueco hecho de hormigón, un fabuloso escenario previsto para la mejor obra que nunca estrenará.

El impávido hombre que lo ha visto todo, se sorprende a regañadientes tras hospedar a una Santa anciana que duerme en el piso y lleva una dieta monoelemental de raíces. Súbitamente emprende un viaje a sus raíces, un momento, un lugar de su primera juventud. Se recuerda como un joven inocente, ingenuo, que lo lleva puesto la imagen de la desnudez de su primer amor, el clamor de lo inesperado. Eran felices, no lo sabían entonces.

Ha hallado ‘’la grande bellezza’’ que lo conmueve hacia El Finale: ‘’Dunque, che questo romanzo abbia inizio.’’

Comienza su nueva novela. ¿Un nueva función? ¿Escribe desde otro tren, otro vagón, o vuelve al mismo de los últimos cuarenta años pero como protagonista de la obra? Quizá, como Marilyn Monroe, pertenece a su público, porque nunca perteneció a nadie.

 ©2015 by Iara Bianchi

*Dirigida por Paolo Sorrentino, escrita por Paolo Sorrentino y por Umberto Contarello, música de Lele Marchetelli, fotografía de Luca Bigazzi. Elenco: Toni Servillo, Carlo Verdone, Sabrina Ferilli, Carlo Buccirosso, Iaia Forte, Pamela Villoresi, Galatea Ranzi, Franco Graziosi, Giorgio Pasotti, Massimo Popolizio, Sonia Gessner

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PRIMERA ESTACIÓN: La Muerte de una Ilusión

Cuatro estaciones. Un tren o varios. Instantes largos, detenidos bajo la sombra de la fatalidad. Una o más muertes, que no son otra cosa que coletazos de vida, con toda su furia, con toda su ilusión.
LOST IN TRANSLATION*, Sofia Coppola
Como augura su nombre, este film trata de una pérdida. Aquí, las palabras no son tan significativas como lo que sucede entre ellas.
Charlotte, una joven mujer que se siente perdida, atascada en ese lugar de objetos perdidos sin nadie que los reclame. Él, Bob, casualmente la descubre, cuando su matrimonio, sus hijos y su éxito laboral son objetivos alcanzados. ¿Qué vendrá luego? ¿Lo mismo?
Ella dice no saber qué hacer con su vida, que le gusta la fotografía y escribir, pero que es mediocre en ello. Él responde: ''¡Eso es bueno!''
El escenario es Tokio, la incomprensión cual la describe Michel de Montaigne en 1595: ‘’Estamos por entero hechos de pedazos, y nuestra contextura es tan informe y variada que cada pieza, cada momento, desempeña su papel. Y la diferencia que hay entre nosotros y nosotros mismos es tanta como la que hay entre nosotros y los demás.’’ Asimismo, impacta una diferencia que se vuelve difusa: un encuentro.
La diferencia de edad no es obstáculo para el encuentro de dos soledades. Se tocan más allá de las miradas que atraviesan la carne. Un viaje, una morada de incertidumbre que pareciera no cesar. ¿Hace falta tiempo para saberse amor? Esa ilusión que es de buen agüero cuando relanza; no sin dolor, no sin marca, que también las hay eventual y perdurablemente felices.
La despedida, el apogeo del juego de la contingencia, llega de la mano de lo inevitable: ya no serán los mismos.
La última escena: Uno frente al otro, cerca. Bob le dice… No sabremos. Lo intuimos. El espectador sólo escucha los ruidos incansables de la salvaje ciudad. El mundo se detiene, para ellos, y para los que estamos espiando.
¿Acaso importa qué le dice antes de partir por siempre?
Es un final, y por eso, una oportunidad de otro inicio. Una huella eterna, de esas que se lleva consigo. Ciertamente, un gesto amable, amoroso, una renuncia a continuar con esa aventura, un desprendimiento de algo muy único e íntimo, un don, una mirada que ve el ahora y el mañana. Ella, en cambio, lo ha mirado para toda la vida.
Hay quienes afirman haber captado el susurro imperceptible. Tal vez estas fueron sus palabras: ‘’Te veo, sé lo que podés ser. Te regalo mis ojos para que los uses a discreción. Si me quedo aquí, no podrás verte sino a través de mí. Vos me bendeciste con ternura. Me diste lo que no tenías. Con la mano abierta, me ofreciste tus latidos. Yo no puedo hacer más que mostrarte una puerta hacia un futuro maravilloso, sin mí, pero contigo.’’
 ©2015 by Iara Bianchi
*Dirigida y escrita por Sofia Coppola, con Bill Murray, Scarlett Johansson, Giovanni Ribisi, Anna Faris, Fumihiro Hayashi, Ryuichiro Baba.

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QUIÉREME SI TE ATREVES / Jeux d'enfants*: ¿Una película que muestra una,dos o más formas de amar? ¿Se trata de amor? ¿Qué opinan?

Por Iara Bianchi   


QUIÉREME SI TE ATREVES / Jeux d'enfants*
 
Dos niños debajo de una mesa, en una fiesta: Sophie y Julien.

Sophie: -‘’Qué te gustaría ser cuando seas grande?’’
Julien: -‘’Tirano. Y a ti?’’
Sophie: -‘’Un flan.’’

Un flan que cobraba vida con cada mordisco de ese tirano.
Un tirano que sólo vivía  para comer de ese flan.
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De trenes y ríos… Abismos que abren caminos, por Iara Bianchi



Iara Bianchi, Psicoanalista. Editora de deinconscientes.com










Lacan metaforiza la cuestión de nuestras contradicciones, paradojas y aparentes aporías del  siguiente modo: dice que estamos ocupados. Ocupados en hacer nuestras valijas, o un examen de consciencia, o en organizar un laberinto. Ocupados en reunir las valijas, olvidarlas o dejarlas en consigna, pero siempre son valijas para un viaje que nunca se hace.
La angustia del devenir se evidencia en la siguiente escena: Está por salir el tren, el único, no habrá otros, y disponemos de quince minutos para recoger todas nuestras pertenencias para conseguir abordarlo.
Desde ya, que pasan, y en ocasiones se viven y se abordan, varios viajes y varios trenes, no obstante, en determinado momento bañado de contingencia, uno de ellos se presenta como el último, el importante, o el único -si es que no se ha incursionado aún en alguna travesía hacia lo desconocido.
Creemos que el tiempo no alcanza, que no hay, y, sin embargo, siempre contamos con tiempo para la procrastinación de algo. Quizá de lo más auténtico de cada quién, de lo que nos convoca como causa de movimiento. No postergar es llegar al acto que hace meta y bautizo de un nuevo horizonte, al instante que hace mella en lo que ha sido y ya no es.
Cruzar el Rubicón, alzar la voz -la propia- frente a la inmensidad de lo que hasta ahora estaba prohibido, vetado para uno mismo, abre la posibilidad de la realización, de un ‘’lo hice, luego, se puede’’.  
Existen quienes transgreden los marcos de la legalidad para generar nuevas leyes. Otros, sólo gozan del transgredir. De ahí la radical diferencia entre la irreverencia -revelarse como sujeto de deseo, de deseo propio, de deseo de deseo, es decir, deseo de continuar deseando- y la rebelión -rebelarse contra lo establecido-, vulgarmente llamada ‘’queja’’.
El deseo del otro fraguador, por más o por menos, nos provoca la frase: ‘’¿Qué quiere de mí?’’ Y la respuesta construida, a favor o en oposición, no es más que un deseo sujetado al servicio del otro ajeno (amoroso o no).
Como nos constituimos a partir de un deseo prestado, alienarse a él es siempre el primer paso inevitable, y separarse para constituir uno propio haciendo pie en él, uno de los mayores desafíos: un salto al vacío, al precipicio de lo inesperado.
‘’¿Qué es lo que quiero?’’
Jean Paul Sartre nos ilustraba: ‘’Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros’’.
La angustia de lo que se ha perdido, la nostalgia del tiempo pasado, es en realidad una defensa contra la angustia del tiempo que adviene y devendrá, del azar y la determinación de un acto, que impacta desde dentro o desde fuera con la fiereza de la incertidumbre.
Lo cierto es la angustia. Se vislumbra una salida a esa entrada laberíntica: ‘’Actuar es lo que le arranca a la angustia su certeza’’, proponía Lacan. Lo cierto es el amor. Lo cierto es el odio, aquél de las derivas de la desilusión del amor y el otro. Lo cierto es que hay elección. Lo cierto es que en ocasiones, no la hay. Lo cierto es que el deseo es destino, y el destino es incierto. Lo cierto es que forzosamente algo se pierde; y que para ganar, hay que perder.
Una vez más, Jean Paul nos vaticina: ‘’El hombre está condenado a ser libre’’.
©2015 by Iara Bianchi

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La autenticidad de los disfraces, por Iara Bianchi




Iara Bianchi, Psicoanalista. Editora de deinconscientes.com







Lacan afirma que el lenguaje no es un fenómeno derivado de una sociedad dada como una expresión más de su cultura, sino que lenguaje y cultura son una y la misma cosa, siendo su función negativizar la naturaleza y dar origen a la sociedad. La función del lenguaje no es nombrar la realidad sino simbolizarla. Ello se trasluce en la conocida frase de Freud: "El primer humano que insultó a su enemigo en vez de tirarle una piedra fue el fundador de la civilización."
En el momento que ingresamos cuando niños con el lenguaje adquirimos nuestra capacidad para mentir. "Como es bien sabido, las palabras son enemigas de la realidad", decía el escritor inglés Joseph Conrad. Las palabras disfrazan al modo que el arte lo hace. De nosotros depende la amistad o enemistad con ellas. En nuestras palabras hay tanto de mentira como de verdad. La palabra ''contraste'' remite a la relación entre el brillo de las diferentes partes de una imagen, no alude a la expresión o manifestación opuesta -contraria- a lo que se sabe, se cree o se piensa. La ''mentira'' es una versión de ficción ''en contraste'' con la realidad, la verdad, lo real. Términos éstos que remiten a algo que sólo podemos conocer parcialmente. Por supuesto que hay acontecimientos que impactan con toda su fuerza real y verdadera, pero apenas rasguñamos algún nombre para simbolizarlos.
El arte es la mentira que nos hace ver la realidad, y es la verdad que habita en toda mentira. En palabras de Weil: ‘Cuando una contradicción es imposible de resolver salvo por una mentira, entonces sabemos que se trata de una puerta’.
La vida es el arte de sacar conclusiones suficientes a partir de datos insuficientes. Lo que más nos aterra es la nada, la no respuesta, la incertidumbre, el sinsentido y por eso necesitamos de una pizca de realidad en la cual creer, de verdades, aunque sean provisorias. La cuestión radica en cuáles elegimos o podemos creer y sobretodo en qué hacemos con ello. "Los bandidos te piden la bolsa o la vida; las mujeres te exigen ambas cosas", decía jocosamente Samuel Butler. En ocasiones nos encontramos frente a elecciones que por definición no son tales. Elección es libertad de obrar según la Real Academia Española. ¿Dónde está la libertad si elegimos entre dos ''males'', entre quedarnos sin nuestras monedas o sin nuestra vida? Es una disyuntiva, es decir, una alternativa entre dos cosas, que irremediablemente por una de las cuales hay que optar. En este caso, más que elegir el mal menor, la deliberación en sí es pura falacia. ¿Quién optaría por las monedas?
Vamos moldeando un disfraz, un cuerpo, con el hilo que tenemos, dado y construido, deviniendo en singulares formas infinitas. 
Para Karl Marx y otros autores, ''persona'' es la realidad íntima, la totalidad del auténtico ser, lo que se esconde dentro del personaje, que sólo es una imagen ficticia que el mundo nos impone o que inventamos y ofrecemos al resto del mundo. Contamos con una impronta única que se manifiesta en nuestro devenir sujetos. El término ''persona'' etimológicamente significa "máscara del actor" o "personaje teatral". Solemos emplear el concepto ''persona'' en relación al mundo real y el de ''personaje'' al de la ficción, al de las imágenes, las fantasías. Sin embargo, de estas imágenes nos vamos cimentando. Construimos sentido a modo de novelas, armamos como podemos nuestro mundo mediante el lenguaje. ¿Cómo encontrarnos luego del primer llanto, la primera caricia, una segunda piel hecha de letras para poder vivir en una sociedad? ¿Cómo desprendernos de una interpretación y de un deseo, que pesan y a la vez nos forjan? Emergemos en alienación, en relación a otro, y, en un comienzo, sólo alcanza con un ''El Otro'', representado en alguien que nos afirme que ''somos''. Somos hijos, hermanos, el de las buenas calificaciones, el que hace lo que quiere, el futuro abogado, la de los ojos de mamá, somos tantos significantes. Un otro basta pero sólo uno es casi viciosamente insoportable. Plutarco creía que quien tiene muchos vicios tiene muchos amos. Me inclino más por la frase de Bertolt Brecht: "Un hombre debe tener por lo menos dos vicios, uno solo es demasiado".
Sartre escribió "la existencia precede a la esencia". ¿Hay tal esencia? Si la hubiera, ¿se trataría de la autenticidad? Para Heidegger la autenticidad es una actitud, un modo de enfrentar la vida. De tener un ''ser'''o ser un ''ser'', ¿lo inventamos o lo descubrimos? Sócrates afirmó que lo descubrimos, los existencialistas decían que lo inventamos. Otros plantean la inexistencia de ese "algo" que conocer. Walt Whitman exponía "contenemos multitudes". José Ortega y Gasset dijo: ''yo soy yo y mis circunstancias''. Eduardo Galeano, entre sus varios ''yoes'', nos contaba que ''somos los que hacemos para cambiar lo que somos''. 
La dinámica humana es más compleja que la perspectiva del saber expresada en dualidades, polaridades, y se cae en la trampa del todo-nada, del blanco-negro. Se divide y se sobre-simplifican conceptos, realidades, donde se pierden incluso hasta los fines didácticos que se pretenden alcanzar. De este modo, los grises son imperceptibles, y se asocia al "auténtico-verdadero ser" con la bondad, la coherencia, las virtudes y se considera al "falso self" como disfraz, mentira, personaje, sombras, ''defectos''. Un ejemplo de ello es que es frecuente observar cómo hay quienes vinculan de forma directa a ''lo malo'' con la agresividad y a ''lo bueno'' con la serenidad o la pasividad. En hartas ocasiones se requiere de agresividad (y es más, de violencia) para un acto bondadoso. Tanto Jesús, como Gandhi, Martin Luther King, María Teresa de Calcuta eran grandes pacifistas que se expresaron cuando lo precisaron con agresividad con el propósito de conquistar esa paz anhelada. 
Tanto mentira y verdad, falso y auténtico, sombras y luces, se encuentran, se mezclan, se desmezclan y conviven en nosotros. A veces rechazamos de forma tan tajante lo que nos habita, que se presenta en espejos, en otros, y se percibe tan extraño como a lo propio que se considera ajeno, de poder ponerlo en consideración. El extranjero, incluso lo obsceno, es nuestro propio inconsciente. "Cada cual llama barbarie a todo aquello que no tiene por costumbre", esbozó el filósofo renacentista Michel de Montaigne. Cabe la mención de una advertencia de Jorge Luis Borges: ''Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos''.

¿De qué trata lo familiar y lo extraño que habita en nosotros? ¿Qué haremos con ello? ¿De cuál tela estamos fraguados y qué tejeremos?